A veces no sabemos por qué guardamos ciertas prendas. Una camiseta deshilachada que ya no usamos, un vestido que no vuelve a caber, una bufanda heredada que ni siquiera es de nuestro estilo. La llegada de la primavera, con su promesa de renovación, suele ser el pretexto perfecto para abrir el armario, reencontrarnos con ellas y con nuestro guardarropa emocional. En ese momento, más que ropa, lo que descubrimos son pedazos de historia: la nuestra, la de quienes amamos, la de quienes ya no están.
A la hora de vestirnos, no siempre elegimos con la lógica de la moda o del clima. Hay días en que la ropa es abrigo emocional, otras veces, una forma de protesta silenciosa. Nos vestimos para despedirnos, para empezar de nuevo, para aferrarnos a lo que ya no está o para recordarnos que seguimos aquí. Por eso, en cada cambio de estación, cuando reorganizamos el clóset, también revivimos pequeñas escenas de vida relacionadas con nuestro peculiar guardarropa emocional.
Cuando una prenda se vuelve refugio
Hay ropa que no solo nos cubre, sino que nos sostiene. Un suéter que nos prestó alguien querido en una noche fría, una camiseta de algodón suave que llevamos siempre en los días tristes. Esas piezas no se van, incluso cuando ya no sirven. Permanecen dobladas al fondo del cajón, como si se negaran a decir adiós porque todavía nos recuerdan algo que no queremos olvidar.
No importa si están desgastadas o pasadas de moda. Son vestigios de momentos donde nos sentimos vistos, abrazados, cuidados. En la memoria del cuerpo, la textura de esas prendas guarda sensaciones que ninguna fotografía podría captar. Y aunque el tiempo pase, el tacto no miente. Vestirse con ellas es invocar una emoción sin tener que decir una sola palabra. Esas prendas son esenciales en un complejo guardarropa emocional.
Vestir el duelo con dignidad y sentido
El guardarropa emocional también es el espacio donde habita el duelo. Cuando perdemos a alguien, muchas veces lo primero que hacemos es abrazar su ropa. Es una forma de tener cerca lo que ya no está, de encontrar un ancla en medio del vacío. En otros casos, vestirse se vuelve un ritual de despedida: elegir con cuidado qué llevar para acompañar a una amiga en un momento difícil, o para asistir a un funeral donde la tristeza se mezcla con el cariño.
Pero también hay duelos personales, esos que no siempre se ven. Rupturas, mudanzas, diagnósticos. Cada uno de ellos se traduce en decisiones sutiles que van directo al cuerpo: dejar de usar cierta prenda porque duele, o empezar a usar otra como acto de afirmación. A veces cambiar el color, la forma, el perfume que llevamos es una forma de decirnos que estamos listas para sanar. Así se agrega otro capítulo a nuestro guardarropa emocional.
Entre afecto, historia y deseo de futuro
Las prendas más valiosas de nuestro armario no siempre son las más costosas. Son aquellas que llevan impregnado el aroma de una casa, las que guardan secretos entre costuras, las que nos recuerdan de dónde venimos. La moda emocional no está en las pasarelas, sino en esos atuendos que elegimos con el corazón, incluso cuando el cuerpo ya no responde igual. Es un reflejo de nuestro guardarropa emocional, con sus muchas capas de significado.
Conservar, combinar, resignificar. En este guardarropa emocional cabe el deseo de volver a sentir, pero también la posibilidad de dejar ir. No todo lo que guardamos nos hace bien, y aprender a reconocerlo también forma parte del proceso. Tal vez por eso algunas prendas solo las miramos sin tocarlas, mientras otras vuelven a nuestro cuerpo como si nunca se hubieran ido.